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Las constantes pulsaciones rítmicas inducían un estado
de trance que era difícil detener. Cuando
los garitos cerraban, la fiesta seguía en la calle, silenciosa salvo
para los auriculados jóvenes. En una ocasión en que la policía
intentaba dispersar a la masa bailona, los agentes observaron sorprendidos
que el sonido de sus propias sirenas parecía excitar a un baile
aún más salvaje, y que cada frase pronunciada en el megáfono
era inmediatamente coreada eufóricamente por los enfebrecidos danzantes.
Esta confusión en la interpretación de signos no era sino
el prólogo a la alucinación
general que seguiría.
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