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Redefinición de las prácticas
artísticas, s.21 (LSA47)
La Société Anonyme
- No somos artistas, tampoco por supuesto «críticos».
Somos productores, gente que produce. Tampoco somos autores, pensamos
que cualquier idea de autoría ha quedado desbordada por la lógica
de circulación de las ideas en las sociedades contemporáneas. Incluso
cuando nos auto-describimos como productores sentimos la necesidad
de hacer una puntualización: somos productores, sí, pero también productos.
Nuestro propio trabajo, la actividad
que lo concreta, es en realidad el que nos produce. Quizás incluso podríamos
decir que nuestro trabajo tiene que ver básicamente con la producción
de gente, gente como nosotros. No preexistimos (nadie preexiste) en
punto alguno a esa producción. La cuestión de la identidad del autor
o su condición es una cuestión definitivamente trasnochada. Nadie es
autor: todo productor es una sociedad anónima -incluso diríamos: el
producto de una sociedad anónima.
- La figura del artista vive en tiempo prestado. Nutrida
por fantasías e imaginarios pertenecientes a otros ordenamientos antropológicos,
el conjunto de distanciamientos e inclusiones que prefiguran su lugar
social, asignándole una cierta cuota restante de poder totémico, ya
no hace al caso. Quienquiera se sitúe hoy por hoy bajo advocaciones
semejantes cae de lleno o en la ingenuidad más culpable o en el cinismo
más hipócrita.
- No existen «obras de arte». Existen un trabajo y
unas prácticas que podemos denominar artísticas. Tienen que ver con
la producción significante, afectiva y cultural, y juegan papeles
específicos en relación a los sujetos de experiencia. Pero no tienen
que ver con la producción de objetos particulares, sino únicamente
con la impulsión pública de ciertos efectos circulatorios: efectos
de significado, efectos simbólicos, efectos intensivos, afectivos
…
- Por más de una razón deberíamos asemejar el trabajo
del arte al del sueño: es una producción que induce formaciones de
superficie que expresan, que traducen aproximadamente, un estado descompensado
de energías. Lo esencial en ellas es no es la forma o apariencia que
adquieren en un instante dado: sino el campo de intensidades -o sea,
el diferencial de potenciales- en que se efectúan.
- Esa producción nunca debe confundirse con objeto
o forma alguna: es un operador que se introduce con eficacia en algún
sistema dado, desestabilizando la ecuación de equilibrio que lo gobierna.
Pero tampoco conviene hacer mitología al respecto. El modo en que
esta desestabilización opera es algo muy parecido a la introducción
de un mero clinamen, algo tan elemental y frecuente como lo
que posibilita que dos gotas de lluvia cayendo a la vez desde la misma
nube y hacia la misma tierra tengan la capacidad de, en algún punto
de sus trayectorias relativas, chocar –conocerse, digamos.
- Describir a las actuales como «sociedades del conocimiento»
-o todavía peor, como «sociedades del capitalismo cultural»- parece
olvidar hasta qué punto su constitución se realiza, precisamente,
sobre la consagración exaltada de la estulticia, de la ignorancia.
Asumamos no obstante que cualesquiera de esas figuras no son más que
un grado de las otras -quizás su grado cero. Y admitamos en consecuencia
denominar a las nuestras «sociedades del conocimiento» o del «capitalismo
cultural» -pero siempre bajo la observancia rigurosa de esa cláusula
cuantitativa, gradualizada, y precisamente hacia lo más bajo. Queremos
decir: siempre que pueda entenderse que como tales sociedades del
conocimiento las contemporáneas podrían de hecho caracterizarse, con
el mayor de los aciertos, como «sociedades del (escasísimo) conocimiento»
o incluso como «sociedades del capitalismo (in)cultural…».
- El trabajo del arte ya no más tiene que ver con la
representación. ¿Alguien pensaría que el del sueño -ese que induce
un «contenido aparente» en quien revive el «latente», o lo cuenta
por la mañana- tiene que ver con la «re-presentación»? ¿De qué?
Negativo: el trabajo del sueño expresa una economía
de las fuerzas, una tensión de las energías, una disposición de la distribución
diferencial: es una melodía del deseo, nunca su pintura; es
presencia, nunca re-presentación. Ese modo del trabajo que
llamamos artístico debe a partir de ahora consagrarse a un producir
similar -en la esfera del acontecimiento, de la presencia: nunca
más en la de la representación. No queda nada digno que representar,
no queda dignidad alguna reivindicable en la tarea del representar.
Ya no es sólo aquello de «no cometer la indignidad de hablar por otro»
sino que ningún signo, efecto, objeto, figura, ninguna entidad o existente,
puede pretender dignidad alguna si su trabajo es única o principalemente
valer por otro, representarle …
- No existen este mundo y el otro. El arte no
puede seguir reivindicando habitar una esfera autónoma, un dominio
separado. Ni siquiera para argumentar la operación «superadora» de
su estatuto escindido. La clase de los objetos es única, todos ellos
gozan del mismo calibrado y adolecen de la misma carencia «objetiva»
de fantasmalidad. Si el trabajo del arte tiene todavía que ver con
el «fantasma», con la circulación de las ideas (en su inconcreción
característica) y la productividad del sentido o las energías deseantes
(en su difusión magnificente), empieza a ser hora de no confundir
ese halo con nada apegado a la materialidad de algún orden de «objetos
específicos».
- Las transformaciones de las sociedades actuales determinan
la completa inadecuación del régimen actualmente hegemónico de circulación
pública de la producción artística. Esto en lo que se refiere de modo
particular a dos circunstancias: 1. el deslizamiento del significante
visual hacia el territorio de la imagen movimiento -y la consiguiente
obsolescencia creciente de los dispositivos espacializados de organización
de la recepción, de los modos de la expectación; y 2. la misma espureidad
de cualquier requerimiento de objetualización determinada.
No sólo que mucha de la energía resultante de una práctica
artística cualquiera no requiere culminarse o concretarse en objeto
único alguno. Sino, y ni siquiera ya, en objeto multiplicado
alguno.
Para las nuevas prácticas no
es ya que carezca por completo de sentido hablar de original -ni siquiera
lo tiene hablar de las copias (como no lo tiene hablar de copias cumplido
el tránsito del disco hacia el MP3). El tiempo en que el régimen de
circulación pública de los productos resultantes de las prácticas artísticas
se refería a algún tipo de «objetos» está, por completo, cumplido y
acabado.
- En las sociedades del siglo 21, el arte no se expondrá.
Se difundirá.
- Sólo en tanto el modo característico de la experiencia
artística es en las sociedades modernas asociado a una experiencia
de objeto, la cuestión de la propiedad de dicho objeto
se torna pertinente (cuando hablamos de artes plásticas). No lo es
ya, por ejemplo, si habláramos de la experiencia de lo musical, lo
teatral, lo literario o lo cinematográfico –no es relevante en ellas
quién sea el propietario de una partitura o quién de un guión. Este
hecho condiciona de modo decisivo dos articulaciones principales en
relación a la forma social de la experiencia artística moderna: primera,
el modo de su mercado, la organización de su economía
particular (enfocada a la circulación de objetos suplementados
por una plusvalía muy específicamente asociada al valor artístico:
la obra de arte como mercancía); y segunda, el modo
de su patrimonialización (asociada necesaria y consecuentemente a
modos del coleccionismo).
- Cuanto más las nuevas prácticas artísticas se alejen
en sus objetivos de la producción de objeto, tanto menos pertinentes
se apareceran tales articulaciones tradicionales de su mercado
y su coleccionismo. Los intentos adaptativos de los viejos
formatos de economía artística –fundados en el intercambio de mercancías
de valor artístico y en su coleccionismo, privado o público-
resultan crecientemente inadecuados para las nuevas prácticas, que
reclaman ser resituadas en el entorno de una economía terciarizada
y con un sector de servicios expandido (hasta abarcar la producción
inmaterial, simbólica).
- En las sociedades del siglo 21 el artista no percibirá
sus ingresos de la plusvalía que se asocie a la mercantización de
los objetos producto de su trabajo, sino que percibirá unos derechos
asociados a la circulación pública de las cantidades de concepto y
afecto que su trabajo inmaterial genere (será un generador de riqueza
inmaterial, no el primer eslabón en una cadena de comercio
de mercancías suntuarias). La nueva economía del arte no entenderá
más al artista como productor de mercancías específicas destinadas
a los circuitos del lujo en las economías de la opulencia, sino como
un generador de contenidos específicos destinados a su difusión
social.
- La función de la institución-Arte como coleccionista,
y en fución de ella garante de patrimonialización pública de la mercancía
artística, tenderá entonces a desaparecer, tan pronto como las prácticas
artísticas abandonen la producción de objetos como instancias de mediación
irrevocablemente necesarias para la circulación pública de las ideas
y los afectos. En las sociedades del siglo 21 no será ni necesario
-ni casi posible- coleccionar obras de arte (como es ya casi espurio
coleccionar cine o música) y la función de las instituciones públicas
respecto a las nuevas prácticas, con vistas a garantizar su inscripción
en lo público, será más bien la de promover u optimizar en entornos
protegidos la circulación social de aquellos contenidos que el libre
mercado de las industrias culturales desestimaría en su regulación
interesada por la ley de la audiencia.
- Nos interesa investigar la inadecuación creciente
de los antiguos dispositivos espacializados de articulación de la
recepción social de las prácticas artísticas (museos, galerías de
arte …). Pero no porque sea nuestro interés mantenernos instalados
en la lógica antitética entre arte e institución-Arte; esa lógica
nos resulta manida hasta el hastío y vaciada de cualquier potencial
efectivo: quienes insisten en definirse con respecto a ella caen de
inmediato en el polo de lo exhaustivamente institucionalizado, pues
éste justamente se escribe bajo la figura de esta lógica. No entonces
por tal razón sino más bien porque en la exacerbación de ese momento
de inadecuación creciente, tanto las prácticas artísticas como la
institución que regula su inscripción social se ven obligadas a evolucionar.
- Toca evolucionar, sí. Basta de darle cuerda a la
fabulación negativista que no hace más que anclar la forma de las
prácticas en un pasado bloqueado, autocomplacido en la irresolubilidad
paradojal de su lógica antitética. Nada que tenga la forma de la negación
calculada de sí misma hace otra cosa que preparar indisimuladamente
la coartada del compromiso cumplido anticipando el momento
de su absorción integrada.
- La que describiríamos como lógica antitética de la
institución-Arte (es decir: la característica de la formación del
espíritu objetivo que heredamos como pasado constituyente, la herencia
de lo moderno) tiene esta forma: que para ser arte debe precisamente
negar serlo, que para entrar en la institución-Arte debe precisamente
aparentar (y adoptar el tono más convincente posible al respecto)
que la pone en cuestión, que la rebasa, que la excede, que la desborda.
- La que describiríamos como trasnochada lógica antitética
de la obra tiene una estructura similar, la de un si es no es.
Si no se le reconocía arte reclamará venir a serlo (lógica del readymade,
de los otros comportamientos, de las actividades otras).
Si se le reconoce serlo, deberá entonces serle negado algún valor
en esa condición (lógica del pronunciamiento antiartístico).
- El tiempo de esta «lógica generacional» -pues muy
pronto deja de ser una mera lógica de la falsa conciencia para
resolverse en una economía de la evolución presidida por la
gobernación de un principio adaptativo, tipo «selección natural»-
ese tiempo toca a su fin. El que quiera presentarse a sí mismo como
otra cosa que coro repetidor de un academicismo prefijado, que se
invente un estribillo menos complaciente que el de la expresión antitética.
Fin de juego para la herencia Duchamp.
- El trabajo que realiza el productor artístico se
sitúa en la órbita de cualquier otra actividad, de la actividad
cualsea. Es, como todo el resto del trabajo que realizan cualesquiera
otros ciudadanos, una mera actividad productiva y su espacio de inscripción
no es otro que el dominio público, el espacio social, definido por
los actos de intercambio. Nos guste o no, en las sociedades actuales
este espacio se encuentra exhaustivamente prefigurado por la actividad
económico-productiva, bajo cuya administración se decide la forma
reglada de todo intercambio social.
- El arte ha dejado de pertenecer al orden de una economía
simbólica presidida por las figuras antropológicas del derroche, de
la sobreproducción. El artista contemporáneo no puede aceptar seguir
oficiando de chamán de la tribu, de liberado en las nuevas
formas del potlach contemporáneo. En las nuevas economías de
la falsa opulencia sostenida el artista no puede aceptar que
su práctica se inscriba de ninguna manera en los registros de forma
actualizada alguna del lujo.
- La transformación de las nuevas sociedades sitúa
en primer plano el trabajo inmaterial, la producción de sentido y
afectividad, el trabajo intelectual y pasional. El desafío más importante
que las prácticas artísticas contemporáneas enfrentan apunta a redefinir
su papel antropológico en relación a este gran desplazamiento.
- La vieja circunscripción de la idea del trabajo a
la economía productiva y la producción de objeto está quedando patentemente
obsoleta, y no sólo por el desproporcionado mayor peso que la economía
financiera y de la pura circulación de capitales está adquiriendo
en las nuevas sociedades, sino también por el hecho de que la producción
inmaterial y la circulación del sentido, de la información, se están
convirtiendo en las modalidades de intercambio mas importantes en
las sociedades emergentes.
- Quizás lo más característico de las nuevas sociedades
es en efecto su transformación estructural en cuanto a las relaciones
de producción, su terciarización. En las sociedades del postfordismo,
la parte más importante del trabajo que se realiza ya no tiene por
objeto la producción de bienes materiales, sino que se orienta a la
producción intelectual y afectiva, a alimentar nuestras necesidades
de sentido y deseo, de significado y placer. Al mismo tiempo, también
el consumo de bienes inmateriales, cuya circulación está regulada
por las industrias culturales definitivamente fundidas con las del
ocio y la comunicación, está tendiendo a convertirse también en el
modo principal del consumo.
La consecuencia es que la centralidad
antes ocupada en cuanto a la generación de riqueza por la posesión del
capital bascula ahora hacia la posesión de la propiedad intelectual,
objeto principal de la nueva reordenación del sistema capitalista.
Las prácticas artísticas deben encontrar su lugar en relación a todos
estos procesos de transformación.
- La propiedad intelectual y el derecho de autor, como
tales, se van a convertir en el caballo de batalla principal de este
recentramiento contemporáneo de las relaciones de producción. Las
figuras del plagiarismo utópico o la sindicación de la autoría –cuya
mejor eficacia se ha ejemplarizado hoy en el terreno del software
libre- suponen al respecto puntas de lanza de una gran estrategia
por desplegar que dirija su política a la generación de los dispositivos
y agenciamientos que permitan la libre circulación y el acceso universal
a a la información, modificando definitivamente al respecto la relación
entre productores y utilizadores.
Se impone superar el esquema verticalizado emisores
à receptores para establecer una economía radial
y desjerarquizada de usuarios, un rizoma de utilizadores
–actualizando la fórmula utópica de la comunidad de productores de
medios.
- Es preciso encontrar fórmulas que simultáneamente
respeten el derecho de autor y el derecho colectivo de acceso púbico
libre y abierto a la totalidad de los saberes y las prácticas de producción
simbólica, revisando de forma profunda el concepto de propiedad
intelectual. El que manejamos viene heredado de un tiempo en que
las nociones de identidad, autoría y propiedad se asentaban en presupuestos
juridico-bio-religiosos, y no, como ahora deben replantearse,
en función de consideraciones de orden bio-tecno-político.
- El recentramiento que trae el trabajo inmaterial
al centro operacional mismo de las nuevas economías supone una gran
transformación: todo el espectro de una producción que antes era considerada
«superestructural» ha pasado a convertirse en la parte nuclear del
comercio antropológico contemporáneo.
- Si las nuevas sociedades pueden hoy ser definidas
como sociedades del trabajo inmaterial, sociedades del conocimiento,
hay que reconocer entonces que a las prácticas de producción simbólica
-a las actividades orientadas a la producción, transmisión y circulación
en el dominio público de los afectos y los conceptos (los deseos y
los significados, los pensamientos y las pasiones)- les incumbe en
ellas un papel protagonista, absoluta y seriamente prioritario. El
artista como productor ya no opera en ellas como una figura
simbólico-totémica, sino como un genuino participante en los intercambios
sociales –de producción intelectual y producción deseante.
- Primera responsabilidad: la aqduirida en cuanto a
la producción de formas de socialización e individuación. Los viejos
mecanismos de la reproducción social -la familia, la educación, la
religión, la patria, … todos los antiguos dispositivos articuladores
de relatos de reconomimiento, las maquinarias abstractas productoras
de elementos de identificación a través de la adhesión tácita a un
sistema complejo de creencias implícitas o explicitadas- han dejado
de funcionar como tales, y el encargo de proporcionarle al sujeto
en su proceso de construcción herramientas de reconocimiento o identificación
ha sido cedido, o desplazado, hacia agencias mucho más lábiles y flexibles,
en las que el peso del «imaginario» visual circulante capaz de devenir-colectivo
es decisivo.
El poder de la imagen, de la
«cultura visual» al respecto es casi absoluto y los productores de esa
«cultura visual» harían bien en conocer y asumir la desmesurada importancia
que ella ha adquirido, y en consecuencia, su creciente responsabilidad
(una responsabilidad para la que, todo debe ser dicho, no siempre se
encuentran suficientemente preparados).
- Por tres vías diferentes las nuevas prácticas artísticas
están asumiendo esa responsabilidad. En primer lugar, por la vía de
la narración. La utilización de la imagen-técnica y la imagen-movimiento,
en su capacidad para expandirse en un tiempo-interno de relato, multiplica
las posibilidades de la generación de narrativas. En segundo
lugar, por la vía de la generación de acontecimientos, eventos,
por la producción de situaciones. Mas allá de la idea de
performance –y por supuesto mucho más allá de la de instalación-
el artista actual trabaja en la generación de contextos de encuentro
directo, en la producción específica de micro-situaciones de
socialización. La tercera vía es una variante de ésta segunda: cuando
esa producción de espacios conversacionales, de socialización de la
experiencia, no se produce en el espacio físico, sino en el virtual,
mediante la generación de una mediación.
El artista como productor es a) un generador
de narrativas de reconocimiento mutuo; b) un inductor de situaciones
intensificadas de encuentro y socialización de experiencia; y c) un
productor de mediaciones para su intercambio en la esfera pública.
- El artista como productor interviene, cada vez más,
en el tiempo real del dominio de la experiencia, no en el del
tiempo diferido de la representación. Esto se hace tanto más
indiscutible cuanto más entendamos el tiempo real en términos
de tiempo de sincronización de la experiencia, tiempo compartido y
de encuentro entre los sujetos de conocimiento y pasión. Cada vez
más, el artista es un productor de directo ...
- Segunda gran responsabilidad del productor artístico
en las sociedades actuales: la que le concierne en relación al proceso
de «estetización» difusa del mundo contemporáneo sin el que el nuevo
capitalismo no sería pensable. Si el efecto del capitalismo industrial
sobre el sistema de los objetos (y por ende sobre el sistema de necesidades,
y el de las relaciones) fue su transformación generalizada a la forma
de la mercancía, podría decirse que el efecto más característico del
capitalismo postindustrial es la estetización generalizada de tal
mercancía, la transformación de ésta (y por ende del sistema de necesidades,
y el de las relaciones, sometido por tanto a una segunda metamorfosis)
a su forma estetizada. Lo que preside en efecto la circulación social
actual de objetos, bienes y relaciones, no es ya el valor de uso que
podamos asociarles ni aún el valor de cambio: sino, y por encima de
todo, su valor estético, la promesa que contiene de una vida
más intensa, más interiormente rica.
- La religión de nuestro tiempo se llama: justificación
estética de la existencia –cumplida bajo una forma evidentemente
abaratada, trivial –si se compara con su diseño en el programa romántico
o su aquilatamiento en Nietzsche. Su efecto supone la realización
de nuestro tiempo como tiempo del nihilismo culminado –pero
de nuevo a precio de saldo, como de segunda mano.
- Los mecanismos sociales de reconocimiento y diferenciación,
de socialización y subjetivación, de pertenencia a un grupo social
y distinción dentro de él, se hacen reposar por encima de todo
en el valor estetizado, y es la carga de éste que el nuevo
capitalismo añade a objetos y relaciones, materiales o inmateriales,
la que determina su nuevo valor social. Tanto más en un mundo globalizado,
en el que la circulación de bienes, formas y mercancias trasciende
cualquier frontera y entorno geo-bio-político de identificación específico:
en este mundo globalizado de señas de identidad extraviadas, las necesidades
de implementar esos mecanismos de producción de identidad y diferenciación
crecen exponencialmente.
- El trabajo que al respecto concierne a las prácticas
artísticas tiene entonces que ver con la producción de imaginario
en las sociedades del trabajo inmaterial. A nivel genérico, ideológico,
éste se aboca a 1.la implementación de imaginarios alternativos a
los dominantes en el proceso de globalización y 2.la aproximación
crítica a los mecanismos y modos de producción de representación propios
de las industrias culturales y del entretenimiento.
- Lo que está en juego en las nuevas sociedades del
capitalismo avanzado es el proceso mediante el que se va a decidir
cuáles son y cuáles van a ser los mecanismos y aparatos de subjetivación
y socialización que se van a constituir en hegemónicos, cuáles los
dispositivos y maquinarias abstractas y molares mediante las que se
va a articular la inscripción social de los sujetos, los agenciamientos
efectivos mediante los que nos aventuraremos de ahora en adelante
al proceso de devenir ciudadanos, miembros de un cuerpo social.
Es preciso intervenir en ese dinámica, reconociendo
la dimensión altamente política que comporta.
- Resistir al efecto de desintensificación, empobrecimiento
cualitativo y expropiación de lo auténtico de la experiencia que caracetiza
a su gestión por las industrias del espectáculo puede ser el leit
motiv de una nueva política. Una nueva política que frente
al desorbitado potencial que poseen las industrias contemporáneas
del imaginario pueda ser capaz de agenciar líneas de resistencia y
modos de producción alternativa de los procesos de socialización y
subjetivación.
Acaso en esa tarea -la de esa nueva política
definida en la era del trabajo inmaterial- las prácticas artísticas
lograrán encontrar, en un proceso de transformación de las sociedades
actuales que tiende a convertirlas en meros instrumentos de legitimación
-cuando no en triviales generadoras de bibelots de lujo para
las nuevas economías inmateriales- sus mejores argumentos de futuro,
su más alto desafío -o cuando menos una buena razón de ser en el siglo
que ya comienza
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