|
Mal de Archivo (fragmento)1
|
|
Jacques Derrida
|
|
Se trata ahí nada menos que del porvenir, si lo hay: del porvenir del psicoanálisis en su relación con el porvenir de la ciencia. Como tecno-ciencia, la ciencia no puede más que consistir, en su movimiento mismo, en una transformación de las técnicas de archivación, de impresión, de inscripción, de reproducción, de formalización, de cifrado y traducción de marcas. Por tanto, las cuestiones son al menos de dos órdenes. 1. Unas atañen a la exposición teórica del
psicoanálisis. Concernirían a su objeto y en particular
a lo que se ha puesto en juego en los modelos de representación
del aparato psíquico como aparato de percepción, de impresión,
de registro, de distribución tópica de los lugares de inscripción,
de cifrado, de represión, de desplazamiento, de condensación.
Nombramos así, por supuesto, otros tantos lugares de lectura y de
interpretación -es por ello por lo que el campo de estas preguntas
no es propiamente un campo. Ya no se deja delimitar. Independientemente
de las reservas formuladas en Freud y la escena de la escritura
con motivo de los presupuestos de la modelización misma (reservas
sobre las que no voy a volver aquí), podemos al menos preguntarnos
si por lo esencial, y de otro modo que en los detalles extrínsecos,
la estructura del aparato psíquico, ese sistema a la vez mnémico
e hipomnémico que quería describir Freud con el «bloc
mágico», resiste o no a la evolución de la tecno-ciencia
del archivo. ¿Estaría el aparato psíquico mejor
representado o bien afectado de otra forma por tantos dispositivos
técnicos de archivación y de reproducción, de prótesis
de la memoria llamada viva, de simulacros de lo viviente que ya son y serán
en el porvenir tan refinados, complicados, poderosos, como el «bIoc
mágico» (micro-informatización, electronización,
computerización, etc.)?
2. Otras cuestiones conexas pero de otro orden: no conciernen ya sólo
al objeto teórico del psicoanálisis en su exposición,
sino a la archivación del psicoanálisis mismo, de su «vida»
si se quiere, de sus «actas/actos», de sus procesos
privados y públicos, secretos o manifiestos, provisionalmente o
definitivamente encriptados; conciernen a la archivación de su práctica
institucional y clínica, del aspecto jurídico-editorial,
académico y científico de los inmensos problemas de publicación
o de traducción que sabemos. La palabra «actas/actos»
puede designar aquí a la vez el contenido de lo que hay que archivar
y el archivo mismo, lo archivabIe y lo archivante del archivo: lo impreso
y lo impresor de la impresión. Ya se trate de la vida privada o
pública de Freud, de sus compañeros o de sus herederos, a
veces también de sus pacientes, de los intercambios personales o
científicos, de las correspondencias, deliberaciones o decisiones
político-institucionales, de las prácticas y de sus reglas
(por ejemplo, las de la llamada «situación analítica»,
el lugar y la duración de las sesiones, la asociación libre,
oral, en persona, y en presencia del analista, sin registro técnico),
¿hasta qué punto el conjunto de este campo ha sido determinado
por un estado de las técnicas de comunicación y de archivación?
Se puede soñar con o especular sobre las sacudidas geo-tecnoIógicas
que habrían hecho irreconocible el paisaje del archivo psicoanalítico
desde hace un siglo si, para decirlo en una palabra, Freud, sus contemporáneos,
colaboradores y discípulos inmediatos, en lugar de escribir miles
de cartas a mano, hubieran dispuesto de tarjetas de crédito telefónico
MCI o ATT, de magnetófonos portátiles, de ordenadores, de
impresoras, de fax, de televisión, de teleconferencias y, sobre
todo, de correo electrónico (E mail).
Ello significa que en el pasado el psicoanálisis (no más
que tantas otras cosas) no habría sido lo que fue si el E mail,
por ejemplo, hubiera existido. Y en el porvenir no será ya
lo que Freud y tantos psicoanalistas han anticipado, desde que el E
mail, por ejemplo, se ha hecho posible. Se podrían tomar muchos
otros indicios aparte del E mail. Como la técnica del correo,
ejemplo que sin duda merece algún privilegio. En primer lugar, a
causa del papel principal y excepcional (excepcional en la historia de
los proyectos científicos) que ha jugado en el centro del archivo
psicoanalítico la correspondencia manuscrita. Todavía no
se ha terminado, estamos lejos de ello, de descubrir y de tratar su inmenso
corpus,
por una parte inédito, por otra parte secreto, y quizás por
otra parte aún radical e irreversiblemente destruido por ejemplo,
por el propio Freud. ¿Quién sabe? Sería preciso preguntarse
acerca de las razones históricas y no accidentales que han vinculado
una institución semejante, en sus dimensiones teóricas y
prácticas, con la comunicación postal y con esa forma de
correo, sus soportes, su velocidad mediana: una carta escrita a mano tarda
tantos días en llegar a otra ciudad europea, y nada es independiente
nunca de este plazo. Todo permanece a su medida.
Por el momento, dejemos estas cuestiones en suspenso. Señalemos solamente, y esto mismo es la preocupación del archivo, una fecha: ese «Bloc mágico», ese modelo exterior, por tanto, de archivo, del aparato psíquico de registro y de memorización, no sólo integra los conceptos inaugurales del psicoanálisis desde el Proyecto hasta los artículos de la Metapsicologia, pasando por la Traumdeutung, en particular todos los que conciernen, por ejemplo, a la represión, la censura, el registro (Niederschrift) en los dos sistemas ICS y PCS, a los tres puntos de vista tópico, dinámico y económico. Teniendo en cuenta la multiplicidad de lugares en el aparato psíquico, el «Bloc mágico» integra asimismo, dentro de la propia psyché, la necesidad de un cierto afuera, de ciertas fronteras entre el adentro y el afuera. Y con este afuera doméstico, es decir, con la hipótesis de un soporte, de una superficie o de un espacio internos sin los que no hay ni consignación, registro o impresión, ni supresión, censura o represión, acoge la idea de un archivo psíquico distinto de la memoria espontánea, de una hypómnesis distinta de la mnéme y de la anámnesis: la institución, en suma, de una prótesis del adentro. Decimos «institución» (se podría decir «erección») para señalar, desde el umbral originario de esta prótesis, una ruptura asimismo absolutamente originaria con la naturaleza. La teoría del psicoanálisis se transforma entonces en una teoría del archivo y no solamente en una teoría de la memoria. Lo que no le impide al discurso freudiano seguir siendo heterogéneo, como he intentado mostrarlo en Freud y la escena de la escritura: un motivo antagonista y tradicional continúa oponiéndole una metafísica a la consecuencia rigurosa de esta protética, a saber, de una lógica de la hipomnesis. El modelo de este singular «Bloc mágico» incorpora también lo que habrá parecido contradecir, bajo la forma de una pulsión de destrucción, la propia pulsión de conservación, que podríamos asimismo denominar la pulsión de archivo. Esto es lo que llamábamos hace poco, habida cuenta de esta contradicción interna, el mal de archivo. Ciertamente no habría deseo de archivo sin la finitud radical, sin la posibilidad de un olvido que no se limita a la represión. Sobre todo, y he aquí lo más grave, más allá o más acá de ese simple límite que se llama finidad o finitud, no habría mal de archivo sin la amenaza de esa pulsión de muerte, de agresión y de destrucción. Ahora bien, esta amenaza es infinita, arrastra la lógica de la finitud y los simples límites fácticos, la estética trascendental, se podría decir, las condiciones espaciotemporales de la conservación. Digamos más bien que abusa de ellos. Un abuso así abre la dimensión ético-política del problema. No hay un mal de archivo, un límite o un sufrimiento de la memoria entre otros: al implicar lo in-finito, el mal de archivo está rozando el mal radical. Nota 1. Este fragmento corresponde al 2º del "Exergo" de Mal de Archivo. Una impresión freudiana, ed. Trotta, Madrid, 1977, pp. 23 - 27. |