El Fax-Art, sin duda, debe considerarse -antes que nada- en el marco de
la especificidad y de la forma que reviste, hoy por hoy, el universo autosimbólico
de la tecnología.
No se trata ya, como en determinados ensueños de raíz decimonónica,
de glorificar directamente la capacidad de poder que supone la dominación
de la naturaleza, ni de ensalzar la fascinante potencialidad de la razón
tecnológica como reordenadora del mundo. Más bien -en un
universo de poder en acto y en plena expansión- el nuevo decantamiento
prima ante todo el hecho concreto de participar en el uso de un poder sacralizado
-ofrecido por la tecnología-, gracias a la mediación de los
objetos tecnológicos.
En realidad, como en un nuevo "pensamiento primitivo", nos hallamos en
el marco de un esquema de participación -en relación al poder
sacralizado de la tecnología-, convertido, con toda "connaturalidad",
en el medio ambiente de nuestra existencia cotidiana. Y tal participación
nos hace experimentar un efectivo sentimiento de integración en
ese universo sagrado de poder.
Es decir que "pertenecemos" a un universo imaginario y tecnológico
dominado por la figura simbólica del poder, enlazado a su vez, tal
universo, a una razón práctica sacralizada. En tal contexto,
la creencia en el progreso desempeña ya, más bien, una función
estrictamente reguladora respecto a la justificación de nuevas inversiones
y desarrollos de ese mismo complejo tecnológico: el poder se autojustifica
como fin en sí y asegura su propio acrecentamiento.
En ese sentido, el mito del progreso ha adoptado la forma específica
del culto a la novedad tecnológica, actualizando a su través,
constantemente, nuestra participación en esa liturgia de la operatividad
general, que alcanza, domina y define el nuevo universo.
Autosimbolizándose en la figura del poder, el sistema tecnológico
irrumpe también en la economía de lo sagrado, fragmentando
tal aura de sacralidad (detentada / administrada por el propio sistema)
y distribuyéndola "temporalmente" en cada uno de los objetos tecnológicos,
en cuanto operativos y novedosos.
De este modo el universo tecnológico, potenciando a ultranza actitudes
instrumentales y funcionales, desacraliza de manera creciente determinados
ámbitos de la existencia, a la vez que, por medio de su decisiva
y radical autosimbolización, resacraliza -en un movimiento paralelo-
sus crecientes aportaciones, en sí mismas -como momentos de su desarrollo-
transitorias, en cuanto puntuales y efímeras.
Sin embargo, la sobre-racionalización del contexto tecno-científico,
quizá no hace sino posibilitar -como efectos secundarios- decantamientos
de irracionalidad en su propio entorno, en la existencia cotidiana e incluso
en el diálogo con sus propios productos. Quizás la astucia
ontológica muestra así sus flancos ocultos.
¿Hasta qué extremo no es plausible descubrir entre aquel
ámbito de la sobre-racionalización tecnológica y los
emergentes movimientos de irracionalidad, toda una franja donde la apropiación
dionisiaca de lo tecnológico, permitida y potenciada por el persistente
ardid de la razón, tendría un amplio espacio de legitimación
y de actividad?
Quizás, justamente en esa franja sea viable ubicar la plausible
intersección entre arte y tecnología, dando paso a una interpretación
que entienda que también el destino de la tecnología puede
tener mucho que ver con tales apropiaciones dionisíacas, dando paso
a otras estrategias de resimbolización y atendiendo además
a otras territorializaciones de la existencia y a otros posibles espacios
de transgresión (1).
- II -
Justamente el Fax-Arte podría interpretarse como una de esas apropiaciones
dionisíacas de los tecnológico, que la intersección
entre los nuevos medios y el quehacer artístico ha ubicado entre
las líneas de fuga de la actualidad estética.
Subrayábamos más arriba la concreta mediación de los
objetos tecnológicos, al posibilitar la participación en
el poder sacralizado por la técnica, propiciaba en los individuos
la experiencia efectiva de un particular sentimiento de integración
en ese universo, como si el acceso operativo, a través de los medios
tecnológicos, asegurara formalmente, el desarrollo vivencial de
un nuevo "sensus communis", la pertenencia a un "cuerpo místico"
-tejido de redes y conexiones-, la vinculación comunicativa con
una totalidad imaginaria, autosimbólica y sacralizada en y por la
tecnología.
¿En qué medida no se apela también, mutatis mutandis
, desde las experiencias artísticas, a un sentimiento de integración
comunicativa, ya entrevisto kantianamente, tras el sensus communis aestheticus,
a una interrelación necesaria y universalmente subjetiva?
Diríase, pues, que en esa intersección arte/ tecnología,
donde el Fax-Art hunde sus raíces, vienen a coincidir con plena
formalidad ambas estrategias de participación, ambos sentimientos
de integración, tanto en el universo tecnológico como en
el estético, sin que de hecho puedan identificarse, toda vez que,
de alguna manera, implican profundos elementos de mutua transgresión.
No en vano, irrumpir en el contexto tecnológico con la mirada del
artista -en poète- aporta aquel guiño dionisíaco,
tanto en actitudes como en objetivos, que abre un espacio de diferenciada
operatividad, de alternativa resimbolización y de irrenunciable
expresión de la individual, capaz de levantar / construir nuevos
interrogantes en el propio sistema del poder tecnológico.
En buena medida podría pensarse que el encuentro entre ambos contextos
-en lo que al Fax-Art se refiere- viene precisamente a reforzar lo que
de común formalmente potencia: el sentimiento de integración
del individuo en un universo imaginario. Quizás por ello mismo,
el Fax-Art potencia, en la virtual comunicación artística
que genera, ante todo una reforzada función fática : asegura
-paralelamente al sentimiento de integración- la inmediata disponibilidad
de contacto, de respuesta, de alcance, de apelación. Es decir comunica
el acto mismo de la comunicación inmediata. Su contenido es, más
que nunca, el hecho de su formalidad comunicativa. Es el saludo estético
de la tecnología o el apretón de manos tecnológico
que la vivencia estética codifica.
En tales parámetros el Fax-Art agota su primer nivel existencial:
el de la función fática que lo define precisamente en la
directa conexión que mantiene con su función poética.
Porque el Fax-Art transfigura su potencialidad estética en el acto
mismo de la comunicación que efectúa. De ahí que la
dominancia de la función fática (heredada del medio tecnológico)
se articule directamente con la función poética (esencialmente
autorreferencial, espectacularmente automostrativa).
El Fax-Art es como la tarjeta de visita, particularmente trabajada, que
asume el papel de auténtica prolongación pragmática
del sujeto -ausente-, pero, respecto al cual, exige su independencia, no
sólo como obra autónoma, sino en relación a las nuevas
modalidades espacio-temporales que ejercita en su tendencia a la instantaneidad.
Sin duda es fundamental tener en cuenta que el proceso de distribución
/ difusión -complementario en el hecho artístico general-
se transforma, en la función fática / de contacto, que ejercita
el Fax-Art, en proceso constitutivo: la obra se genera justamente en el
momento de su transmisión. Por su parte el resultado no es sino
documento del propio proceso. La "estética procesual" es así
inseparable de la "estética del objeto". Y, en cualquier caso, la
primera añade a la segunda una sobredeterminación, básica
para entender la interna tensión que se establece entre la autosimbolización
de la tecnología empleada -como plus de sacralización, vehiculado
por el propio medio- y la interna dimensión de sentido, que genera
la propuesta artística como objeto estético, vinculada a
la función poética.
-III-
Al igual que sucede en otras aplicaciones artísticas de los medios
tecnológicos, también en el Fax-Art es obligado tener muy
en cuenta los riesgos internos que para la dimensión artística
suponen los eficaces registros y la espectacularidad de las nuevas estrategias
y procedimientos tecno-científicos.
Desde tal óptica, a menudo, el fetichismo de los aportes tecnológicos
contamina el valor artístico. Así el estricto recurso al
objeto tecnológico -en su novedosa operatividad- se considera equívocamente,
sin más como novedad artística, siendo así que estrictamente
se trata de mostrar los habituales resultados del funcionamiento del medio.
Ciertamente la actitud intencional de descontextualizar dicha funcionalidad
tecnológica e insertarla en el ámbito estético es
ya, de por sí, relevante. Pero, hablando con propiedad, se trata
tan sólo de un primer paso: mostrar las potencialidades "connaturales"
al medio tecnológico y sus efectos, quizás intrínsecamente
artísticos, representa exclusivamente el eslabón inicial
de la cadena.
Por otra parte, adoptar tales recursos para traducir en dicho medio tecnológico
planteamientos artísticos ya plenamente ejercitados en otras coordenadas,
no deja de ser la segunda tentación -y riesgo flagrante- con los
que fácilmente nos topamos en cualquier tipo de intersección
entre arte y nuevas tecnologías.
Ambos decantamientos -fetichismo de las posibilidades propias del medio
y fetichismo de la traducción, a su través, de opciones y
proyectos preexistentes- son, de hecho, escalones experimentales, a lo
sumo hábiles para "poner a prueba" los rendimientos "artísticos",
tanto de la tecnología como de las habilidades del sujeto que en
ella se aventura, con el entusiasmo de todo pionero, más lúdico
y mesiánico que cauto y avisado.
Posiblemente, sorteamos -y vividos- tales escollos, se tratará,
más bien, primero de experimentar, autónomamente, las transgresiones
artísticas que las posibilidades del medio pueden soportar, aprovechando,
al máximo, incluso los efectos secundarios e inesperadamente ruidosos
de tales intervenciones sobre los procedimientos, variaciones y programas
empleados.
Conocer para transgredir, respetar para mejor dominar, serían efectivas
actitudes intencionales, en relación al contexto tecnológico.
Pero, en segundo lugar, rentabilizadas al máximo las especificidades
del medio, convendría optar precisamente por una amplia actividad
interdesciplinar, que enfrentara y cotejara claramente las contaminaciones
artísticas con otros medios. No para "traducir" simplemente en él,
como ya hemos alertado, propuestas artísticas preexistentes, sino
para potenciar en esa frontera interdisciplinar los mejores encuentros
y diálogos multimedia, como situación expandida e interferente.
Es posible que, en general, éste haya sido -a nuestro entender-
el perfil pautado, a grandes rasgos, de los diversos "encuentros" entre
arte y tecnología, tanto en sus riesgos y tentaciones como en sus
progresivas huidas hacia adelante. Y, ciertamente, lo está siendo
también para la reciente historia del Fax-Art.
En el fondo de tal contexto se trataría de propiciar la conversión
de la tecnología en posible técnica artística -vinculada
al dominio de la sensibilidad- y de someter ésta, a su vez, lo que
Dino Formaggio ha calificado como técnica interna, es decir al riguroso
proceso de concepción de la obra (2).
Dos postulados, el de la sensibilidad y el de la planificación,
que bien pueden considerarse como charnelas fundamentales del quehacer
artísticos.
Esa conversión de la tecnología en técnica artística
-en el fondo siempre, de algún modo, transgresora, al implicar una
apropiación dionisíaca de los resortes tecnológicos-
exige asimismo la connivencia tanto de un "momento del hacer", sometidos
ambos a las pretensiones estéticas -es decir de la sensibilidad-
que, al fin y al cabo, regulan diferencias existentes entre el hecho de
que se auspicie el control del hacer por el saber, en vistas a lograr determinados
y concretos efectos, o bien, dejando hacer al propio entramado tecnológico
-en función de su autónomo saber-, que se asuma luego selectivamente
la "apropiación estética" de ciertos resultados, complementados
o no con intervenciones efectuadas en lo que podrá calificarse como
su post-producción.
Ciertamente no es lo mismo controlar el proceso y los procedimientos, en
función de efectos intencionales, sometidos al juego teleológico,
que usufrutctuar simplemente -como hallazgo, casi como "object trouvé"-
los resultados pertinentes de la tecnología.
Convertir/transformar la tecnología en técnica artística
conlleva esa íntima intersección de los momentos del saber
y del hacer, bajo los auspicios tanto de concepción (técnica
interna) como de la sensibilidad.
La otra opción convierte -por decisión volitiva del sujeto-
el resultado/producto tecnológico en objeto artístico, precisamente
por los rasgos y características que en sí mismo detenta,
quizás con un elevado grado de esteticidad, debido directamente
a la "naturaleza tecnológica" del medio.
Sin duda numerosos ejemplos podrían venir a respaldar ambas modalidades
de intervención artística en relación a dicho contexto
tecnológico. Pero, en realidad, no son, sin más, estratégica
y potencialmente asimilables. De ahí la demarcación descriptiva
que efectuamos, en tal sentido, respecto a la progresiva emergencia del
Fax-Art.
- IV -
Ya hemos hecho hicapié, en el inicio de estas reflexiones, en esa
paulatina y sutil conversión del sistema tecnológico en nuevo
medio autosimbólico, portador y generador, ante todo de un simbolismo
de poder, al que se suscribe nuestra existencia, rayando incluso los límites
de lo irracional. Como en un espejo, recibimos -quizá reflejadas
en la pluralidad de objetos tecnológicos- las imágenes participativas
de un poder efectivo, puesto, en cierta medida, a nuestra disposición.
¿Acaso el propio Fax-Art es ajeno al juego de imágenes que
transmite ese autosimbolismo de poder tecnológico, de comunicación
instantánea, de dominio de las coordenadas espacio-temporales, gracias
justamente a la -¿conocida o sabida?- combinación de registros
eléctricos, señales telefónicas e impresión
electrográfica que articula el fundamento de sus posibilidades?
Nuestro cotidianizado contacto con tales medios tecnológicos, disemina
y generaliza una especie de ethos, un esquema simbólico de comportamiento,
convertido crecientemente en modelo prenante de intervención, que
-reforzando el individualismo contemporáneo- se abre, a su vez,
hacia el lenitivo de la formalidad comunicativa, hacia una potencial interendividualidad.
En realidad, bajo el paraguas de la función autosimbólica
-de poder- de las nuevas tecnologías, se multiplica toda una cristalización
microsimbólica, alrededor de los concretos objetos tecnológicos.
Esa doble vertiente, y tensión, macrosimbólica -de la sacralización
tenológica y sus modalidades- y de un simbolismo particularizado
de los diferentes "servicios" disponibles, no deja de ser -antropológicamente-
índice y registro de aquella dinámica resacralizadora, ya
traída a colación con anterioridad.
Cada nuevo objeto tecnológico genera sus rituales y sus particulares
mitologías, con su sacralidad y su espesor simbólico, afectando
a nuestras actitudes y nuestros comportamientos. También el fax
exige sus derechos, en tal sentido.
Por una parte nos vincula con esa red misteriosa que establece un nuevo
concepto de axis mundi, es decir un nuevo simbolismo de centralidad universal,
donde todos y cada uno de los puntos de conexión se transforman,
simultáneamente, en centro y periferia, de manera que -con facilidad-
en el papel de receptores / emisores incorporamos, a la sombra de nuestra
individualidad reforzada por el utensilio tecnológico, el onírico
deseo de tal protagonismo comunicativo. El individuo formalmente, al menos,
transformado en sujeto, en su propio axis mundi , aunque sepamos que tanto
el "mundo" como el "sujeto" no son sino construcciones, juegos nominalistas,
residuos de la cárcel del lenguaje, espejismos gramaticales que
no dejan de reforzar nuestra virtual autoestima.
Pero, además, ese particular y tipificado entramado tecnológico
permite recrear, virtualmente, un espacio común de aproximación,
que se superpone, domina y reemplaza cualesquiera otras dimensiones espaciales,
al igual que la fluencia temporal se concentra en torno a la preeminencia
de aquellos determinados momentos que encarnan la transmisión. Se
anula, pues, el espacio como distancia y se intensifica la fluencia del
tiempo en cuanto intermitente acción de registro. De alguna manera,
se simboliza así la salida del espacio-tiempo cotidianos, -aquellas
coordenadas habituales, constituidas históricamente en dimensiones
simbólicas de la psique humana-, dándose paso a una particular
experiencia que, en el más estricto alcance etimológico,
bien podría calificarse de éxtasis, en cuanto habitamos otro
juego de coordenadas existenciales.
Con ello transgredimos el orden vivencial de las cosas, por medio de la
tecnología, que genera simulacros de reemplazo, bajo la cobertura
de aquella nueva resacralización, inseparable del autosimbolismo
del poder.
De este modo, pues, el Fax-Art participa directamente de este nuevo aura
-de dimensiones "frías"- donde la transgresión, el simulacro,
el éxtasis y la experiencia interactiva del axis mundi se entrecruzan
en la apropiación dionisíaca de lo tecnológico, como
poderosa presencia simbólica del 'médium', más allá
incluso de los posibles contenidos efectivos vehiculados en el mágico
ejercicio de la comunicación.
Sin embargo, el auténtico reto sigue directamente prendido en ese
fundamental proceso, escuetamente, al menos, apuntado: la transformación
de la tecnología en técnica artística, en cuanto ésta
última se configura como vía de resolución de cualesquiera
heteronomías tecnológicas, para arribar a la ulterior autonomía
de su cumplimiento estético.
Pero no se trata de auspiciar, a ultranza, la adscripción de la
tecnología como arte, sino más bien de reivindicar cuanto
la artisticidad comporta de técnica, es decir como encuentro -siempre
paradójico- de amplia sensibilidad y diseminada ratio.
Román de la Calle.
Catedrático de Estética y Teoría de
las Artes de la Universidad de Valencia
Notas:
(1) Ch. Miguel & G. Ménard Les ruses de la technique.
Québec-Paris, 1988.
(2) Dino Formaggio, Fenomenología della tecnica
artística. Parma- Lucca, 1978. |