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::Online communities::
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José Luis Brea
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En tanto, en efecto, estos hábitos no coinciden con los modos de recepción convencionales de las prácticas artísticas -relacionados con su presentación espacializada y objetualmente condicionada- incluso podemos cuestionar la adecuación de definirlas como tales prácticas artísticas. No me refiero -obviamente- a la resistencia de las instituciones artísticas contra estas nuevas prácticas (una resistencia medida, lacerantemente medida), sino más bien al contrario: a la resistencia que estas prácticas, por sus cualidades específicas, ejercen contra la institución-arte. Acaso explorar ese potencial haya sido una de sus mayores virtudes -en los años primeros de lo que ahora ya podemos describir como su período heróico.
Pero esto es una cosa: y otra bien distinta pretender que por clikar aquí o allá, por conseguir ciertos resultados a partir de ciertas actuaciones, se logra un grado de participación añadido. La mayoría de las veces es lo contrario -y lo que suele ocurrir es que un larvado despotismo tecnológico intenta pasar enmascarado bajo un torbellino de falsarias promesas de democraticidad.
Por poner un ejemplo: que en el please change beliefs de Jenny Holzer empieza a haber interacción sólo en el momento en el que nuestras intervenciones como usuarios son accesibles, y transformables a su vez, por terceros. Si la obra nos diera la posibilidad de incrustar modificaciones, pero no quedaran disponibles a la vista de terceros, entonces tendríamos que hablar de otra cosa -pero nunca de participación.
Es obvio que esta vez no puede tratarse de la misma presencia, toda vez que lo que caracteriza la presencia de la obra en la red es su des-localización, el estar distribuida en una ubicuidad de lugares diseminados, diversos. Como mucho hay una telepresencia, que hace que quienes no comparten un espacio común, que quienes habitan lugares distintos, puedan sin embargo comunicar, compartir. Esa presencia compartida es ahora y ante todo una economía del tiempo, no del lugar. Tiene que ver con el simultáneo habitar "en el presente", como cuando decimos que uno es hijo de su tiempo. La forma de presencia más característica de la relación con el trabajo en la red tiene que ver con este contacto "en tiempo real". Si lo propio de la relación con la obra "convencional" se aparecía como el encuentro con un tiempo pasado en un lugar-aquí, lo propio del encuentro presencial con la obra en la red es coincidir en un tiempo-ahora -fuera de cualquier "lugar- aquí" definido.
Como es obvio, esas consecuencias tienen mucho que ver con aquella lógica de la reproducción técnica cuyo análisis inició Benjamin. Para lo que aquí nos interesa, por supuesto importa subrayar que el modo de la experiencia de la obra a través de la web abandona la exigencia presencial -o, digamos, admite como forma válida la mera telepresencia ante su información distribuida, diseminada mediante la reproducción técnica. Pero lo más importante, bajo nuestro punto de vista, es el hecho de que la forma en que esta presencia es exigida ahora tiene únicamente que ver con un compartir el tiempo, con un "estar en línea". Es por eso que resultan tan patéticos los intentos -que vienen realizando las instituciones- de presentar los trabajos hechos para la web en contextos de exposición espacializados. Todo lo contrario: en ellos el espectador difícilísimamente puede conectar, entrar en presencia. Y justamente poque no dispone de lo que necesita para que la obra ante sus ojos devenga presente: esta vez no es ya un lugar, sino más bien un tiempo. Y en esos lugares (museos, galerías, espacios ), el espectador justamente de lo que no dispone es de tiempo
Seguramente, lo más interesante de todo el trabajo que los new media pueden desarrollar en relación al potencial de conquista del tiempo del acontecimiento -aquél salvífico jetzeit que imaginara Benjamin como pequeña puerta mesiánica abierta a las políticas del nihilismo activo- pasa justamente por la vinculación de lo que significa la presencia, como participación de un tiempo de comunidad, en términos ahora estrictamente temporales, desespacializados. Una comunidad online es, por necesidad, una comunidad u-tópica, des-espacializada. Y sus cualidades están necesariamente asociadas al objeto propio de su intercambio -que ya no es la representación estática, objetualmente condicionada, sino más bien la imagen-movimiento, como testimonio específico del acontecer (no es extraño que algunas de las mejores realizaciones de este darse de la imagen-movimiento tengan que ver con el cine-performance, con el cine de experiencia), de nuestro darnos en el tiempo, como economías de lo pasajero, de lo transitorio. #
¿Su límite -el límite de esta bellísima fantasía? Sin dudarlo: aquella comunidad de productores de medios que imaginara Brecht. Un dominio o una modalidad de la circulación pública de la información, del discurso y las prácticas de producción simbólica, en la que todos los participantes intervienene al mismo título. Quiero decir: en la que no hay dos lados, en de los emisores y el de los receptores, sino una desubicación recíproca, una dispersión excéntrica y desjerarquizada (un rizoma) en el que todos los receptores son también, y a su vez, emisores -cuando menos potencialmente. Es esto lo que distingue al medio de comunicación de masas -verticalizado: con los informadores falseando el mundo a un lado y los "consumidores" pasivos y anulados al otro- de una comunidad online, que únicamente construye su relato, su narrativa específica, en la colegiación circulante del diálogo. #
El primero de los que propongo es todo un género, el de los foros de debate mantenidos mediante lista de e-correo. Los casos paradigmáticos son aquí nettime en Europa y Rhizome en América, pero determinadas iniciativas puntuales como las promovidas por Blast o el Hybrid Workspace durante la documenta X demostraron el enorme potencial de recursos que de cara a la apertura de una esfera pública reflexiva y crítica poseen estos instrumentos. Que esos potenciales se realicen o no depende también de las circunstancias históricas y sociales en que se desenvuelven, obviamente, y en ese sentido me gustaría manifestar una simpatía especial por dos casos concretos de este tipo de foros: el primero es la lista 7-11, una lista que es ella misma concebida como una especie de obra de arte, una especie de cadáver exquisito de e-mail-art, en la que el contenido de lo debatido interesa mucho menos que la propia puesta en circulación inter(e hiper)textual de las más variadas y audaces exploraciones gramatológicas, las más delirantes disposiciones (post)escriturales, grafomaquínicas. El segundo, muy distinto en cuanto a sus objetivos, la pequeña lista de noticias y debate de los net.artistas de la exEuropa del Este, Syndicate, y muy en particular el activísimo papel que esa lista representó durante el bombardeo por la OTAN de Kosovo y el apoyo prestado a B-92, la emisora independiente de Belgrado, que gracias a ese apoyo (y el de otras listas y grupos de activismo medial y postmedial por supuesto) consiguió durante un tiempo mantener una información independiente sobre un evento histórico sobre el que una única multinacional de la información distorsionada mantenía un monopolio inaceptable. #
Su límite radica, por tanto, en su incapacidad para generar una auténtica esfera pública si entendemos ésta como espacio de circulación del diálogo. La eficacia de estos instrumentos apuntan más al bloqueo de la circulación del discurso (al sabotaje incluso, se acercan ciertamente a las tácticas del hacktivismo, aunque a veces sólo en modo simulado) que a la generación de espacios en que ésta se haga incondicionadamente posible.
Existe un obvio fundamento técnico que explica la tendencia a la formación de equipos y la "división del trabajo" dentro de esos equipos (el caso de jodi es paradigmático: artista-diseñador + técnico informático), pero más allá de ese fundamento técnico se diría que es un fundamento ideológico y político el que en muchos casos explica que los potenciales de trabajo en red, de networking, que hace posible el trabajo en internet, desemboquen tan a menudo en proyectos y prácticas de carácter colectivo, comunitario. De hecho, casi siempre sucede que los trabajos más interesantes que se presentan en la red surgen de este tipo de maquinarias moleculares que representan el ensamblamiento de una multiplicidad de esfuerzos singulares. En muchos casos -Mongrel, el Critical Art Ensemble, IOD, La Société Anonyme, el propio Teatro de la Resistencia Electrónica- estos esfuerzos se dispersan en campos de actividad muy diversos, desde la reflexión teórica o crítica a la propia experimentación técnica. Incluso cuando este tipo de esquemas asociacionistas no preside la actividad creadora especfícamente, la colectivización de los esfuerzos para la distribución -cuando menos durante todo el período histórico, en el que no existían otros canales para la difusión que los autogestionados por los propios net.artistas- se aparecía imprescindible. Así tenemos que la mayoría de los websites independientes, que han sido el canal mediante el que el estas nuevas prácticas han alcanzado a sus audiencias, han sido desarrollados en base a similares estrategias de net.working, de asociación y colectivización del los esfuerzos y recursos -así Teleportacia, äda-web o the Thing. Más allá de ello, algunos proyectos -muy especialmente aquellos impulsados desde el ámbito de cierto neosituacionismo italiano- han incidido con particular acidez y efectividad en estas estrategias comunitaristas, explorando y poniendo en juego toda su criticidad contra las concepciones preasumidas de la autoría individual. Es el caso de proyectos como Luther Blisseth -un nombre utilizado sin control específico por una pléyade de autores anónimos, que encauzan bajo este nombre una crítica sistemática a la formulación espectacular de la cultura contemporánea-. O, hablando ya muy específicamente en el ámbito de internet, el grupo 010001.org, un grupo de "plagiaristas" que mediante la copia de sites dedicados al net.art y alguna "obras de autor" han planteado una estrategia frontal de resistencia al proceso de comercialización e institucionalización del net.art. Del encuentro de algunos de estos grupos neosituacionistas con los Knowbotics Research -seguramente el colectivo más riguroso en cuanto a la experimentación en la dimensión social de la incidencia del arte electrónico- ha surgido IO_lavoro_inmateriale, en mi opinión el proyecto en el que mejor se plantea la pregunta en última instancia clave: ¿qué acción es posible en la esfera pública?
Sea como sea, en este proceso de transformación está en juego la interposición de constantes y multiplicadas estrategias de resistencia, que eviten que ese destino se cumpla sin dejar fisuras. No es (lo que está en juego) que la suerte final de conjunto se decida en un sentido o en otro -sino cuántas zonas de resitencia conseguirán incrustarse y de qué formas lo harán. #
En sí misma, la existencia de la red es testimonio de las trágicas insuficiencias que frente a las industrias de la comunicación de masas experimenta el ciudadano de nuestros días. No encuentra en ellas -casi nada de lo que de verdad le interesa. Y mucho menos encuentra en ellas -la posibilidad de expresar lo que de verdad le interesa. La red es el grito de rebeldía irrevocable que una humanidad silenciada en lo que le importa eleva minuto a minuto -frente al insultante mandarinato contemporáneo de los periodistas. # De hecho: el efecto de "globalidad" de la red no podría
nunca realizarse bajo una figura de universalidad que supusiera denegación
de las diferencias -sino justamente expresión irrevocablemente
multivocal de ellas. Es por eso que la idea de una sola red global,
de una macro-red, repugna en el fondo al carácter subversivo
-mestizo y multicultural- que caracteriza su naturaleza. Sólo
a costa de pensarla como "red de redes", por tanto, puede
hablarse de la web. Una comunidad de microcomunidades, una red de intraredes. Todo el efecto de pertinencia política -y todo el valor de producción de significancia- atribuible a la red pasa por esa capacidad de activar lo micro - dentro de un paradigma global, ilimitado -en el que todo efecto de identidad queda en suspenso. La red es -territorio para la producción sistemática de microesferas públicas diseminadas en una red de vasos comunicantes- el lugar de comparecencia de la "comunidad imposible": aquella comunidad de productores de medios que surgiría de entre las cenizas de -aquella que Bataille decribía como- la comunidad "de los que no tienen comunidad".
Se trata entonces de explotar las posibilidades que la red ofrece de establecer formas flotantes de comunidad -que vendrían a expresar únicamente "momentos de comunidad", vectores específicos de una comunidad de intereses, de preocupaciones o de deseos, momentáneas e inestables líneas de código estabecidas en los flujos libres de la diferencia. No alguna comunidad regulada por efectos de identidad -étnica, cultural, política: nada de estado o aún de individuo- sino meras comunidades fluctuantes reguladas tan sólo por la instantánea y efímera expresión de efectos de diferencia -comunidades trans-idénticas, mestizas, multiformes y pluriculturales desde su misma base. En ellas, no habría más "sujetos" o individuos -sino el circular de puros efectos de identidad, dispositivos y máquinas de producción de la subjetividad-: meras expresiones de la diferencia libre. En la fuerza de esa doble puesta en evidencia, también la red podría hacerse anuncio de "la comunidad que viene". Forzándonos a despertar del delirio despotizador de un sistema ya milenario, ella podría en efecto constituirse en su más tremenda pesadilla -y por ello, el más dulce de nuestros sueños. |