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ápido, barato y fuera de control.;
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Tim Druckrey
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"Progreso externo, regresión interna. Racionalismo externo, irracionalidad interna. En esta civilización de las máquinas, impersonal y disciplinada en exceso, que tan orgullosa está de su objetividad, la espontaneidad toma demasiado a menudo la forma de actos criminales, y la creatividad encuentra su principal vía de expresión en la destrucción". -- Lewis Mumford Incluso si, como resulta evidente, la noción de "la vanguardia"
sólo tiene una importancia relativa en temas relacionados con los
medios electrónicos, sí evoca una serie de cuestiones históricas
sobre la producción artística, sus presunciones y la ya hace
años desacreditada tendencia de la burguesía a tolerar a
sus adversarios por el bien de las industrias culturales. Es sin duda evidente
que hay una radical diferencia entre un "fermento necesario" y el ejercicio
crítico. Paul Mann trata bien este asunto en su libro, The Theory-Death
of the Avant-Garde, y ha quedado patente una y otra vez en la compraventa
de subversión que dicta la moda. Mann escribe:
De hecho, la política de la subversión vista como intervención
y la estética de la promoción comparten una frontera vaga
que se cruza con más frecuencia de la que reconocemos. Es más,
se podría aventurar que la estética de la subversión
ensombreció la fascinación inútil de la modernidad
por lo vanguardista y que ahora esta estética se ha transformado
en un juego de satisfacción del ego que se desarrolla en el espectáculo
de las identidades hechas ficción, ilusorias, usurpadas o convertidas
en cibernética. Esto constituye una especie de triunfo del "dandy
de los datos" cuya presencia se articula en el ensayo de Adilkno:
Es difícil pasar por alto la postura, irritante pero útil en este caso, de Peter Sloterdijk en su Critique of Cynical Reason. En la introducción, Andreas Huyssen propone una serie de preguntas que emergen de la obra reflexiva de Sloterdijk: "¿Qué fuerzas tenemos a nuestra disposición para combatir la razón instrumental y los cínicos razonamientos del poder institucional?... ¿Cómo podemos volver a plantear los problemas de la crítica ideológica y de la subjetividad sin optar por el ego encastillado del sujeto epistemológico kantiano ni por la esquizosubjetividad sin identidad, el libre flujo de energías libidinales que proponen Deleuze y Guattari? ¿Cómo puede la memoria histórica ayudarnos a hacer frente a la expansión de la amnesia escéptica que genera el simulacro de cultura postmoderna?..." Pero el argumento de Sloterdijk es mucho más pertinente: "El cinismo es una falsa conciencia visionaria. Es esa conciencia modernizada e infeliz de la que la Ilustración ha sacado tanto buen como mal partido. Ha aprendido sus lecciones sobre ilustración, pero no las ha puesto en práctica, quizás por no haber sido capaz. Bien situada y mísera a la vez, esta conciencia no se siente ya afectada por una crítica a la ideología, su falsedad ya está amortiguada." "El cinismo", dice en el capítulo titulado "In Search of Lost Cheekiness" ("En busca de la caradura perdida") "penetra más allá de la monotonía". Al tiempo que invoca una ética de la Ilustración, el homenaje de Sloterdijk a la moralidad y la tradición se presenta como una especie de diagnóstico del discurso, que todavía nos resulta incómodo, sobre las posturas que ocupan modernismo y postmodernismo. Se han elaborado muchas teorías sobre esta constante (y ya tal vez caduca) oposición, pero las cuestiones que parecen más pertinentes están casi siempre relacionadas con un sujeto radicalmente transformado, un sujeto que no se encuentra simplemente en el lado receptivo de la autoridad. Sin embargo, la jerarquía invertida sujeto/autoridad es errónea. Y con la intervención de medios electrónicos (que conlleva, entre otras cosas, una nueva conceptualización tanto de la subjetividad como de la identidad) el tema a menudo ha derivado lamentablemente hacia sociologías virtuales sobre ideas preconcebidas del ser vulnerado por "la vida en la pantalla". Al no entender la diferencia entre identidad y subjetividad, ni tampoco entre el sujeto y el "otro" anecdótico, esta "esquizosubjetividad" para utilizar el término acuñado por Huyssen acaba cayendo en categorías que de nuevo se esencializan. Esta asombrosa disociación nos conduce a la posibilidad de una ética digital fugitiva, cuya ingenuidad despectiva parece más descuidada que subversiva, más pesimista que productiva. Pero las oscilaciones entre el sujeto y el "otro" también sugieren que se están evitando cuestiones psicológicas que aparecen como consecuencia y a las que ha afectado profundamente la tecnología electrónica y su historia. Es en este punto en el que se puede considerar la diferencia entre esquizofrenia y "esquizosubjetividad" en relación con el comportamiento. Aunque está bastante claro que la noción unificada de la subjetividad se desmoronó en las jerarquías de la modernidad, lo que surgió son identidades fragmentadas que no rescata ni el nacionalismo político, ni el concepto de "otro" elaborado desde una base textual turbia, ni el abandono de la subjetividad y la acepción de nociones cuestionables de agencia y su relación con las manifestaciones. Esta especie de rechazo alelado (sublimación, quizás) que expone muy bien Slavoj Zizek en sus escritos recientes (y en particular en el capítulo "Cyberspace, or, The Unbearable Closure of Being" "El ciberespacio o el insoportable encierro del ser" del recientemente publicado The Plague of Fantasies La plaga de las fantasías y en Enjoy Your Symptom Disfruta de tu síntoma), está articulada con estrategias fraudulentas, engañosas o prioritarias que sólo sirven para desacreditar la política de la política de subversión. "Insistir en una máscara falsa", escribe, "nos acerca más a una verdadera, a una auténtica posición subjetiva que quitarnos la máscara y mostrar nuestro 'rostro verdadero'... (una) máscara nunca es 'solamente una máscara', ya que determina el lugar que ocupamos en la red simbólica intersubjetiva. Llevar una máscara de hecho nos convierte en lo que fingimos ser... la única autenticidad a nuestra disposición es la de personificar, la de 'tomarnos nuestra actuación', nuestra postura, en serio". Esta postura fundamental no se debe trivializar con falsas realizaciones ni estéticas proscritas. Si extendemos esto al ámbito público, no hay nada peor ni más revelador en la cibercultura que un revolucionario hipócrita para quien se debe inventar incluso una relación con la oposición. Brecht escribió mucho acerca de "refuncionalizar", alterar la autoridad del material existente para poner al descubierto sus ideologías. Sin duda, esta mímesis política, junto con la estética de Benjamin de ambigüedad altisonante e impracticablemente redentora, se adapta a la trayectoria del arte del dadaísmo al pop, del pop al postmodernismo al racionalizar distintas formas de capacidad de reproducción, repetición y apropiación y caracterizarlas como perspectivas legítimas, a la vez reflexivas y creativas. Pero estas estrategias estaban enraizadas en una especie de consumo 'crítico' que sobrevive torpemente en la cultura electrónica. Sin duda estas estrategias también han mutado para convertirse en las técnicas de cortar y pegar (y, por supuesto, en las identidades de cortar y pegar) de un excesivo número de artistas que se dedican a estos medios. Muy pocas de estas técnicas son enfrentamientos cuyas intenciones paródicas o satíricas superen o destruyan a sus originales. ¿No es la sublimación el objetivo de la parodia? Pero la debilidad y la triste omnipresencia de una posición caballeresca no sugiere en absoluto que el cambio a frágiles tecnologías de comunicación digital aumente lo que está en juego en algo que vaya más allá de las gastadas concepciones de creatividad que se perpetuarán a sí mismas desarrollando su propia evolución. Nada podría ser menos interesante en esta era de sistemas operativos monolíticos, de estéticas algorítmicas, y de la política de virtualización que una posición invariable, vacía y, en última instancia egoísta del artista como rebelde desafortunado o, peor aún, del rebelde como artista desafortunado. Desde luego, el vínculo entre anonimidad de culto y presencia subversiva me parece un intento lamentable de mantener nociones vagamente modernistas acerca de la subjetividad tras el velo subjetivo de la identidad deconstruida mejor dicho, desestabillizada, o quizás, y de modo más patético, de la celebridad que se automodela. [Traducción: Carolina Díaz] ---
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