"La única forma de hablar con Andy es por teléfono.
Entonces tiene el deflector de ese aparato y hablará a través
de su protección"
-
H. Geldzahler, Andy Warhol
-
"A estos sistemas centrados, los autores oponen sistemas
acentrados, redes de autómatas finitos donde la comunicación
se hace de un vecino a cualquier otro, donde todos los individuos son intercambiables,
se definen únicamente por un estado en tal momento, de manera
que las operaciones locales se coordinen y que el resultado final se sincronice
independientemente de una instancia central"
-
Deleuze-Guattari, Rizoma
-
"Estas singularidades, sin embargo, comunican sólo
en el espacio vacío del ejemplo, sin estar ligadas por propiedad
alguna común, por identidad alguna. Están expropiadas de
toda identidad para apropiarse de la pertenencia misma, del signo E. Tricksters
o haraganes, ayudantes o toons, esos son los ejemplares de la comunidad
que viene"
-
G. Agamben, La comunidad que viene
Seguramente, lo singularísimamente propio de la red es que ofrece
una situación conversacional absolutamente inédita. En ella
no comparece el habla -aún en los chats hablados la palabra
de la voz propia es mediada por un deflector que la sintetiza- y a causa
de ello cualquier ilusión de estabilidad en las economías
de la producción o transmisión del sentido -queda por completo
excusada.
Incluso cuando el chateo se hace en supuesto tiempo real, se abre
entre cada envío y cada recepción, entre cada pensamiento
y su tecleado, un microtiempo inevitable. En él se abisma, para
despeñarse a las profundidades de lo olvidado, cualquier ilusión
de simultaneidad. La red produce la ilusión de compartir lugar -pero
en cada uno de sus extremos se habita un tiempo interno propio, radicalmente
separado. Si la ilusión de la presencia plena del sentido en la
palabra se alimenta de la engañosa impresión de inteligencia
mutua que -en la experiencia de la conversación "en vivo"- produce
la simultaneidad del acto de habla y del de escucha, tenemos aquí
explicado por qué el acto de encuentro que se produce en la red
queda por completo liberado de esa "presión del sentido".
El internauta es un navegador de las rutas del significante, que conoce
la infranqueable distancia que separa a éstas (todavía) de
las del sentido.
Dicho de otra forma: el que "habla" en la red no está allí
donde "su" palabra; habita un delay insuperable con respecto a ella.
La palabra que circula es siempre anónima, escritura sin sujeto.
Lo que ella dice, lo dice ella -carece por completo del supuesto-sujeto
que la enuncia.
El chat es un juego de tardosurrealistas -productores de genuinos
cadáveres exquisitos- entregados a la suculenta experiencia de comprobar
cómo el texto habla sólo en tanto circula -y, si acaso, en
tanto en su circular "les pronuncia".
No se trata aquí nunca -por tanto- de la palabra, sino del texto.
No del logos, sino del grafo, no del verbo -sino de la escritura.
Una escritura que es intercambiada bajo un régimen en cierta forma
arqueológico, originario, de orden antropológico. El régimen
en que todavía los signos eran intercambiados como objetos, en su
oscura y esplendorosa materialidad. No como portadores de un significado,
todavía, sino antes que nada como testigos de un enlazamiento, del
establecerse gratuito de vínculos entre semejantes, entre los cualesquiera
de una comunidad -fabricada precisamente por ese rito.
El internauta es un neoprimitivo entregado a reexperimentar el trueque,
el ritual primigenio del don.
El don que se intercambia en la red es el don sagrado de la escritura,
del grafo primigenio. Es una escritura remota, primera. Una escritura-gramma,
una escritura-signo, que no podríamos diferenciar de la pura imagen,
del puro gesto gráfico. En la red, escritura e imagen disfrutan
el mismo estatuto -de ambas se tiene una misma experiencia. Llegan a nosotros
como un envío llegado de lejos, materialidad rebosante de "intención"
y no de significado, de voluntad y no de representación, como efectos
cargados de una finalidad principal: la de prestar testimonio del existir
de un otro.
Nuestra primera mirada se anega en el reconocimiento de esa calidad grafomaquínica,
libidinal: intensiva, muda y material.
No debe nunca menospreciarse -se ha dicho- el poder de la imagen. Ella
aquí reina.
Podemos entonces empezar a leer -o no empezar. Sino, indiferentemente entregados
a la experiencia de la pura superficie y visualidad de los signos, "mirar"
los textos como miramos las imágenes -como testigos o huellas, como
meros rastros del existir del otro.
Seguramente, el máximo potencial subversivo del medio reside en
esta propiedad. En la red, la colisión de los regímenes de
la imagen y la escritura es absoluta. Y su subversión recíproca:
aleja a la escritura de la palabra -del sentido como ya dado- pero también
a la imagen de su inocuidad, de su valor de representación. Ella
-y aquí esto también se hace evidente- ha de ser leída,
interpretada.
Como la escritura, infinitas veces.
Ninguna mirada -ninguna lectura- las agota.
La red -como ilimitado club de "lectores" de imágenes, como sociedad
secreta de un innumerable número de "mirones" de escrituras, de
grafemas.
La naturaleza misma de la escritura -que se revela con más nitidez
al estar puesta en la red, toda vez que el dispositivo "libro" no pesa
sobre ella para forzar su unidimensionamiento temporal en un eje único
de legibilidad- es multidimensional, se expande en direcciones varias,
recorribles sin un orden prefijado. Es el poder de la palabra, y su darse
como sonido en el tiempo, el que impedía percibir la multidireccionalidad
que es propia del grafo: Una escritura que estalla en todas direcciones,
y se conecta en todas direcciones, para la que no hay un antes y un después,
para la que el espacio no es determinación de orden, sino potencialidad
de encuentro.
Qué alucinante fuerza no tendría una imagen que, como la
escritura, acertara a encontrar una posibilidad de desarrollarse así:
multidireccional y no sucesiva, abierta y no estatizada. De un lado, todo
el poder de la imagen detenida -de la obra "plástica", cuya renuncia
a "suceder" en el tiempo carga a la imagen de un poderosísimo potencial
interno, de un existir fuera del tiempo -en el tiempo de su significancia
que la posteridad de las lecturas habrá de abrir.
Del otro, todo el poder del cine, del relato -pero ya no sometido al eje
unilineal de la propia duración, del darse de las cosas (que por
darse en un mismo lugar, habían de ocurrir, hasta ahora, unas antes
y otras después). Pero esto se acabó -y en ello reside el
más alto potencial metafísico de la red.
¿Qué es lo más característico de la "situación
conversacional" que se produce en la red -situación que no hemos
dudado en calificar de singularísima? Su peculiar coktelería
de publicidad / privacidad. El hecho de que se ofrece como lugar de dominio
público -en un momento en que lo público ha resultado desactivado,
engullido por la presión del media y la industria del espectáculo-
en el que tanto puede accederse como proyectar desde la extrema privacidad
de la propia experiencia.
El atractivo de la red para el sujeto de experiencia reside justamente
ahí -y ello connota la forma en que los sujetos se expresan, mantienen
su singular forma de "conversación", a la vez privada y pública.
Por un lado, ofrece la experiencia -sustraída en las sociedades
contemporáneas- del dominio público, del ágora en
que encontrarse y dialogar, ante los muchos, con el otro. Pero al mismo
tiempo, permite que se acceda a ese lugar -ya como mero receptor o espectador,
ya como emisor- en plena reserva de la privacidad, en pleno contacto con
lo singularísimo de la experiencia propia.
El que habla en Internet -o el que escucha- lo hace con esa doble pasión.
Por un lado, la del que se dirige en público a un otro cualquiera.
Por el otro, la del que a la vez oye resonar en el eco de su voz el sentimiento
profundo de la soledad singularísima de su propia vida, de su propio
espíritu, de su propio mundo de experiencia.
La cuestión del secreto es, por todo ello, clave. Pero no para preservar
o la identidad de los miembros o la naturaleza de la sociedad que forman
-esporádicamente. Sino para precisamente preservar el más
importante de los secretos que la red guarda: que carece de alguno.
El rito de iniciación es entonces -y al contrario del clásico
que confabula al que se introduce en la sociedad secreta- el último
en el que el participante posee un nombre propio. A partir de ello, el
sujeto puede circular libremente sin nombre, sin responsabilidad pública
-su movimiento es secreto, privado. La autopropaganda que la red se hace
depende de este poder ofrecer plenas garantías de secreto, de privacidad
-para el que observa, pero no para lo observado.
La red hace al mundo trasparente, lo vacía por completo de secreto
-y el hacker, como nueva figura del sabio más subversivo,
se encarga de asegurar la penetrabilidad de todo lugar. No hay forma de
encriptación o clave de seguridad que impida la más absoluta
trasparencia. Todos los datos, todo el saber del mundo, son asequibles
a esta nueva encarnación del Espíritu Absoluto -a este nuevo
avatar de la Enciclopedia del mundo, que es la red.
A cambio, ella debe asegurar -y aunque al hacerlo mienta- la plena anonimia
del que la recorre.
La multiplicación de instrumentos de seguridad, de dispositivos
de certificación de la garantía de privacidad ofrecida por
los lugares recorridos, es entonces vital.
El que recorre la red -el que lee- es un nadie.
Y el que escribe -un ser ficticio, siempre inventado. De ahí que
en la red todo sean pseudónimos, alias, heterónimos, falsos
nombres propios.
"Navegar es necesario, vivir no es preciso". El que fuera célebre
lema de los argonautas lo es hoy, y con más razón, de todos
esos innumerables personajes sin rostro que, en las noches muertas de sus
vidas, recorren cada día la red.
En cierta forma, la red restaura algunos sueños de la infancia.
Ese poder recorrer los infinitos pasillos de un castillo interminable -del
hogar propio, cada rincón de su jardín, cada estante de la
cocina, cada cajón secreto de cada mueble en el desván ...-
sin llegar nunca a un punto final. En la red cada cual explora el secreto
del tesoro escondido, seguro de poder encontrarlo.
Es en el aplazamiento infinito del encuentro -que nunca suspende el sueño
de poder alguna vez realizarlo- donde la aventura del paseo por la red
se alimenta. Ilimitadamente.
El circular en la red no tiene que ver con el hallazgo, con el descubrimiento
de la verdad. Sino, justamente al contrario, con la experiencia de la pura
búsqueda, del desencuentro. Con la experiencia de la interpretación
infinita, de la lectura interminable, que la red alimenta constituida como
máquina de multiplicación de las lecturas, de la proliferación
de los textos y los signos.
Es iluso pensar que la red tiene que ver con la comunicación, ni
siquiera con la información. No es cierto que existan dos redes:
la red oficial nacida al socaire de los intereses de una industria institucionalizada
del saber -Academias, Bibliotecas, Universidades, Centros de Investigación,
...- y una segunda "antired" rizomática que procura una relación
transversal y diseminante con los mismos objetos del saber, con los mismos
contenidos de la información.
Insensato quien busque "información" o saber en la red. La propia
naturaleza del medio sabotea cualquier pretensión diurna de relación
con él. Todo conocimiento puesto en la red hace rizoma, se despliega
y disemina imparablemente, se desborda en su conexión incontrolada
con otros lugares, con otros saberes. Imposible ignorar que cualquier información,
que cualquier contenido de significancia, ha de ser leído a través
de otro.
La red es el mapa mismo de una diseminación de los saberes que,
en su intratable obesidad contemporánea, hace inverosímil
cualquier pretensión de abarcamiento, de centralización.
Es por ello que no cabe plantear frente a la red un horizonte político
que se defina en los términos de alguna "ética de la comunicación"
-digamos una cierta "democraticidad del nuevo orden informativo" o cosas
parecidas. El significado político de la red está en el reconocimiento
de que su propia naturaleza impulsa en cambio una "ética de la interpretación"
-o, para ser más preciso, de la "irreductible multiplicidad de las
interpretaciones".
El potencial político de la red reside justamente en su capacidad
de subvertir cualesquiera pretensiones de veracidad de la comunicación
o la información, para mostrar que la condición misma de
todo efecto de significancia es la de meramente entregarse -inacabado-
al infinito juego de todas las lecturas posibles, de todas las interpretaciones
posibles.
La red es, entonces y siempre, antired. Es el espejo invertido del
exhaustivo condicionamiento de los mundos de vida contemporáneos
por las industrias de la comunicación y el espectáculo. Es
su contrafigura subversiva: donde aquélla produce -o pretende que
produce- "información", "realidad" o "comunicación", ésta
en cambio sólo revoca toda pretensión de "realidad", nos
conduce si acaso al reconocimiento de lo "poco de realidad" que, como sujetos
de experiencia en el mundo contemporáneo, nos corresponde usufructuar.
Es por ello que la red alimenta -tanto- nuestra melancolía.
No podemos ignorar, en todo caso, la fuerte inversión que las grandes
corporaciones del mundo de la comunicación realizan en la red -ni
consecuentemente el peligro de instrumentación y mercantilización
a ultranza del medio que ello conlleva.
Pero equivocan su camino. Sólo puedo imaginarme algo tan idiota
como leer el periódico en una página web -o atender
a través de ellas a un noticiario informativo: pagar por ello.
En sí misma, la existencia de la red es testimonio de las trágicas
insuficiencias que frente a las industrias de la comunicación experimenta
el ciudadano de nuestros días. No encuentra en ellas -casi nada
de lo que de verdad le interesa. Y mucho menos encuentra en ellas -la posibilidad
de expresar lo que de verdad le interesa.
La red es el grito de rebeldía irrevocable que una humanidad silenciada
en lo que le importa eleva minuto a minuto -frente al insultante mandarinato
contemporáneo de los periodistas.
Si el pensamiento de una "antired" nos resulta irrelevante -por el hecho
de que creemos que sólo hay ella: la que se le superpone tiene sus
días contados- en cambio nos resulta en extremo interesante toda
idea de "intrared".
De hecho: el efecto de "globalidad" de la red no podría nunca realizarse
bajo una figura de universalidad que supusiera denegación de las
diferencias -sino justamente expresión irrevocablemente multivocal
de ellas. Es por eso que la idea de una sola red global, de una macro-red,
repugna en el fondo al carácter subversivo -mestizo y multicultural-
que caracteriza su naturaleza. Sólo a costa de pensarla como "red
de redes", por tanto, puede hablarse de la web.
Lo que en la polifonía anárquica de la totalidad estallada
de las infinitas voces es mero ruido, se convierte en diálogo e
inteligencia cuando el scoop se centra, cuando el coro de las voces
se modula. Lo que para la comunidad universal -para la red global- se da
como final sumando la mera redundancia, la descomunicación -para
las microcomunidades e intraredes que en ella reverberan se da, en cambio,
como nítida y espléndida pertinencia.
Una comunidad de microcomunidades, una red de intraredes. Todo el efecto
de pertinencia política -y todo el valor de producción de
significancia- atribuible a la red pasa por esa capacidad de activar lo
micro, incluso lo meso, dentro de un paradigma global, ilimitado
-en el que todo efecto de identidad queda en suspenso.
-
"Pues si los hombres, en lugar de buscar todavía una
identidad propia en la forma ahora impropia e insensata de la identidad,
llegasen a adherirse a esta impropiedad como tal, a hacer del propio ser-así
no una identidad y una propiedad individual, sino una singularidad sin
identidad, una singularidad común y absolutamente manifiesta -si
los hombres pudiesen no ser así, en esta o aquella identidad biográfica
particular, sino ser sólo el así, su exterioridad
singular y su rostro, entonces la humanidad accedería por primera
vez a una comunidad sin presupuestos y sin sujetos, a una comunicación
que no conocería más lo incomunicable.
-
Seleccionar en la nueva humanidad planetaria aquellos caracteres
que permitan su supervivencia, remover el diafragma sutil que separa la
mala publicidad mediática de la perfecta exterioridad que se comunica
sólo a sí misma -ésta es la tarea política
de nuestra generación".
-
G. Agamben, La comunidad que viene.
Se trata entonces de explotar las posibilidades que la red ofrece de establecer
formas flotantes de comunidad -que vendrían a expresar únicamente
"momentos de comunidad", vectores específicos de una comunidad de
intereses, de preocupaciones o de deseos, momentáneas e inestables
líneas de código estabecidas en los flujos libres de la diferencia.
No alguna comunidad regulada por efectos de identidad -étnica, cultural,
política: nada de estado o aún de individuo- sino meras comunidades
fluctuantes reguladas tan sólo por la instantánea y efímera
expresión de efectos de diferencia -comunidades trans-idénticas,
mestizas, multiformes y pluriculturales desde su misma base.
En ellas, no habría más "sujetos" o individuos -sino el circular
de puros efectos de identidad, dispositivos y máquinas de producción
de la subjetividad-: meras expresiones de la diferencia libre.
En la fuerza de esa doble puesta en evidencia, también la red
podría hacerse anuncio de "la comunidad que viene". Forzándonos
a despertar del delirio despotizador de un sistema ya milenario, ella podría
en efecto constituirse en su más tremenda pesadilla -y por ello,
el más dulce de nuestros sueños. |