Andy Warhol, "Most Wanted
Men: Number 7,
Salvatore V," 1964
©1999 Andy Warhol
Foundation for the Visual 
Arts/ARS New York
Esta obra es acerca del mal -podríamos decir. Acerca del mal como constitutivo de la identidad, pero también acerca de las malas maneras de producción de la identidad, de las formas que producen una identidad insuficiente, sometida, mermada. La pregunta que en ese sentido habría detrás de la obra es si hay otra forma de producir identidad -que éstas insuficientes. En realidad, la parte más atractiva del pop de Andy Warhol tiene que ver con esta denuncia melancólica de la inanidad del ser-sujeto, en el dominio de lo público. La famosa cantinela de los 15 minutos de fama está lejos de perfilar un horizonte salvífico, ni siquiera deseable. Más bien, de lo que nos habla es de lo espuria, trivial y pobre que resulta esa manera de ser sujeto (brillar por quince minutos en un firmamento desvaneciente). Andy Warhol no era un glorificador de la subjetividad, sino alguien que al contrario puso en evidencia el sistema contemporáneo de construcción de la subjetividad, como sometido a la banalidad del espectáculo, del sistema de lo mediático, de la opinión pública. Decimos lo mismo que Paul de Man nos enseñó sobre los románticos: estaban muy lejos de creer en un sujeto fuerte, estable: más bien, naufragaban en la evidencia de su inconsistencia constitutiva.
Esta obra es también acerca del mal, acerca de las malas maneras de constituirse la identidad. De nuevo tenemos un formato público de producción de sujeto, partimos de un documento -una noticia periodística- que describe a una persona. En este caso no es uno de los hombres más buscados, sino un artista -el propio autor de la obra. Quizás podríamos engañarnos, y pensar que estamos ante un discurso autobiográfico (dado que el sujeto de la enunciación y el del enunciado coinciden), pero no es así, puesto que el relato que describe a Heath Bunting no ha sido escrito por Heath Bunting. Quizás es de esto de lo que habla la obra: nadie es autor de sí mismo, la escritura a través de la que uno deviene público, a través de la que uno se constituye como sujeto, es siempre la escritura de otro, la escritura de un sistema que mediatiza el propio relato y nos expropia de nosotros mismos. No hay por tanto, nunca, autobiografía. La esperanza en un autor demiurgo, capaz de constituir al sujeto del que habla, es una esperanza inane, infundada.

Andy Warhol, "Most Wanted Men" 1964-65
©1999 Andy Warhol Foundation for the Visual 
Arts/ARS New York
Volvamos ahora a la serie -no olvidemos que es una serie. La identidad ya no se singulariza, sino que se disemina en un sistema anónimo, el nombre propio se pierde en un programa de identificación para el que importa el reconocimiento de los rasgos de singularidad, pero siempre con vistas a la inscripción y el control de los sujetos en el marco de aparatos e instituciones sociales. No olvidemos que, además, estamos hablando del sistema carcelario, penal (y también por supuesto del escuálido universo simbólico de un país como Estados Unidos, y todo el peso que el forajido de leyenda tiene, como heróico antiheroe, en su imaginario histórico y colectivo). 
No hay ironía: Warhol nos muestra que ser bandido es uno de los modos más típicos y paradigmáticos de constituirse como subjetividad en las sociedades contemporáneas: no sólo el sistema de la opinión pública, de los mass media, se vuelcan para ofrecerte un hueco en sus escaparates, sino que incluso todo el sistema de reconocimiento y control de la identidad -son fotos de identificación las que Warhol selecciona- opera para asegurar la consistencia específica, la identidad diferencial del sujeto al que somete a control, a vigilancia y castigo. Si ha de ser encarcelado -y quizás incluso condenado a muerte- el sujeto ha de existir como singularidad específica, consistente. Estos hombres más buscados (quizás gracias a esos dispositivos foucaltianos de control de las sociedades contemporáneas) deben ser sujetos, identidades bien fijadas. El sistema se encarga de asegurarlo.
Tambien en _readme de Heath Bunting la descripción del individuo se abre -y se disemina en- la serie. La escritura del yo no es separable de su inscripción en una red dispersa de lugares, en una topología diseminada de referentes. El yo es una escritura hipertextual, se encuentra diseminado en una multiplicidad abierta de enlaces, de vínculos. Al igual que en la obra de Warhol, esa diseminación de la singularidad del sujeto en la serie o la trama hipertextual ostenta un grado de fetichización: muestra al sujeto sometido a la ley de la mercancía. En la obra de Warhol, en su conjunto, este carácter fetichizado del sujeto como mercancía es evidente: también lo es en esta obra de Bunting (la mayoría de los enlaces a que conduce cada significante empleado lleva a un lugar.com). Pero acaso lo más hermoso de esta obra sea la forma en que en ella la reducción de la descripción de la identidad a texto -a hipertexto- es mucho más que metafórica. Es casi literal, textual …
 
Heath Bunting is on a mission. But don't go asking him to define what it is. His CV (bored teen and home computer hacker in the 80s Steven age, flyposter, graffiti artist and art radio pirate in Bristol, bulletin board organiser and digital culture activist --orhis phraseartivist-- in London)is replete with the necessary qualifications for a 90s sub-culture citizen. But what's interesting about Heath is that if you want to describe to someone what he actually does, there's simply no handy category that you can slot him into.
Acaso lo que enlaza -o nos permite enlazar- ambos trabajos es la forma en que en ambos se resiste a esos sistemas de despotización de la identidad, que secuestran y expropian toda singularidad para normalizarla en un sistema público -lo carcelario, el lenguaje, la red misma de los lenguajes. Podríamos acaso identificar "el mal" con precisamente la forma que resiste a esa despotización de las identidades por un programa generalizado de construcción pública del ser sujeto. Acaso el mal radical -el que nos puede interesar, entonces, aquél al que aludíamos al principio- no es otra cosa que un programa de producción de subjetividad capaz de resistir a ese programa de identificación expropiadora -eligiendo más bien, y peligrosamente, habitar los territorios de la no identidad. Contra él se alzan los programas de control de las sociedades contemporáneas -y es la denuncia de ello lo que quizás de modo más sutil, pero más profundo, enlaza ambas obras. Ambas son, en todo caso, melancólicos lamentos que nos recuerdan lo difícil que es llevar ese programa adelante, pero también tentativas de trastornar los cógidos y maneras de la "puesta en público" de la subjetividad en la que se juega (no era en la biología, no) su complejo y oscuro destino. Y es en ello donde, a la vez, ambos trabajos necesariamente se contituyen como modos de exposición. Modos de exposición, probablemente, de esa superioridad secreta del mal, del no ser uno uno mismo -y lograr serlo en lo público. ¿No es esa, acaso, la definición que por excelencia corresponde a lo que contemporáneamente deberíamos entender por … "artista"? 
José Luis Brea